viernes, 9 de febrero de 2018

"Los que dicen que memorizar es un error tendrán que demostrar por qué lo es, no al contrario". En La Razón



Gema Lendoiro me pregunta para La Razón por la memoria, que Shakespeare llamaba "centinela del cerebro". Transcribo nuestra conversación, que puede leerse también aquí.

Algunas pedagogías modernas sugieren que memorizar no sirve de nada. Suelen ser pedagogías más orientadas a que el alumno sea feliz porque, entienden, que si no lo es no será capaz de aprender. Otros tumban esos argumentos que consideran falaces. Alberto Royo escribió su libro Contra la Nueva Educación, precisamente para dar voz a lo que él considera la base del éxito: el esfuerzo. Memorizar cuesta, por eso a muchos no les gusta pero se hace impensable pensar que alguien pueda tener una cultura amplia si no le dedica tiempo y estudio a las materias. Algo que, sin duda, pasa por memorizar.

-Quienes defienden la inutilidad de la memorización suelen decir que no sirve de nada aprenderse la lista de los Reyes Godos.
-Como estudiante, jamás tuve que aprenderme la lista de los reyes godos. Y hace muchísimo tiempo que no se enseña. Por lo tanto, recurrir a la lista de los reyes godos para denostar la memorización, aunque es habitual entre los que se dicen innovadores, tiene poco sentido. Sí recuerdo (y no tengo ningún trauma ni me han quedado secuelas) el alfabeto griego o la tabla periódica, aunque imagino que eso para algunos es perder el tiempo (hasta se cuestiona que haya que aprender el nombre de los ríos). Justificar que memorizar es bueno no debería ser necesario. Deberíamos apelar al principio jurídico del onus probandi, es decir: “lo normal se entiende que está probado, pero lo anormal se ha de probar”. Aplicado a la enseñanza: son aquellos que dicen que memorizar es un error quienes tendrán que demostrar por qué lo es, ya que ni la experiencia ni las evidencias nos indican que sea así. ¿Cómo vamos a leer música sin saber situar las notas en el pentagrama? Pero, ya que me pregunta, le diré que memorizar es bueno en sí mismo, ya solo por el ejercicio intelectual que supone.

-Igual la lista de los Reyes Godos no es muy útil pero muchos que defienden no memorizar dicen que tampoco aporta demasiado saberse las fechas de las guerras mundiales sino lo que pasó en ellas...
-Es imposible comprender un hecho histórico sin conocer datos o circunstancias concretas que uno, inevitablemente, ha de memorizar. Por otra parte, memorizar es, en realidad, fijar algo en la memoria. Y lo que no queda en la memoria es porque no se ha aprendido. No se trata de repetir de forma absurda datos inconexos sino de disponer de un armazón que permita contextualizarlos. Por ejemplo, aprender que Monteverdi nació en 1567,y no aprender nada más, no nos aportará demasiado, pero saberlo nos permitirá apreciar el carácter revolucionario de un compositor nacido en pleno Renacimiento que, sin embargo, no solo colaboró en el establecimiento de la llamada seconda prattica, sino que ha resultado ser tan avanzado, tan auténticamente moderno, como Caravaggio, Cervantes o Galileo. Lo que quiero decir es que hacen falta datos, fechas importantes, hechos históricos y nombres, pues de lo contrario no hay asideros firmes para comprender nada, igual que es imposible reflexionar sobre algo que se desconoce o que se conoce solo de manera superficial. El ejercicio de la memorización no va en detrimento de la reflexión. Al contrario: la primera es indispensable para la segunda. Vaya. Al final, he terminando justificando yo por qué hay que memorizar.

-Memorizar a veces en un rollo. ¿Existen técnicas para que esto sea más agradable?
-Se puede memorizar de muchas formas: repitiendo una y otra vez, buscando reglas nemotécnicas... Da igual, porque a cada uno le funciona una u otra estrategia. A mis alumnos de primer curso les hago memorizar las notas en el pentagrama mediante conjuros de Harry Potter. A algunos les va bien, otros prefieren simplemente repetir hasta tenerlas memorizadas. No tiene mayor importancia porque, en general, el método es menos determinante de lo que se dice.

- Usted es profesor. ¿Sabe distinguir un alumno que memoriza todo del que saca rendimiento real de aquello que se aprende de memoria?
-Sí. Enseguida se nota cuándo alguien ha aprendido algo sin comprenderlo y cuándo está demostrando que la comprensión ha sido óptima. Lo que los profesores debemos pedir es comprensión, memorización y reflexión.

-El sistema educativo ideal es aquel que...
-Aquel en el que todos los alumnos puedan desarrollar al máximo sus capacidades y encuentren aquellos conocimientos que la mayoría no podrán encontrar fuera. Un sistema que entienda que a través del saber y la cultura aprendemos a ser críticos, creativos y abiertos, que sirva para abrir horizontes a nuestros alumnos y para reforzar una serie de hábitos y valores que les serán muy beneficiosos. Que pueda ser una herramienta de mejora social.

jueves, 1 de febrero de 2018

"Lo mejor de 2017". El Cultural de El Mundo



Antes de finalizar el año, los críticos de El Cultural (El Mundo) eligieron "lo mejor de 2017" en cuanto a libros publicados, exposiciones inauguradas y los mejores espectáculos y películas estrenados. Es un honor que el escritor Jorge Bustos incluyera La sociedad gaseosa entre sus diez mejores ensayos en español.

miércoles, 31 de enero de 2018

Hiperniños



Eva Millet publicó en 2016 "Hiperpaternidad", un texto tan necesario como divertido. Profundizando en este fenómeno de la hiperpaternidad, publica ahora "Hiperniños", para el que tuvo la amabilidad de pedirme algunas valoraciones que han sido incluidas en el libro. Lo recibí hace unos días dedicado, y ya está leído y disfrutado. Puede encargarse ya en Casa del Libro. A partir del día 5 de febrero, en las librerías.
No se lo pierdan.

lunes, 29 de enero de 2018

Lo que estamos construyendo




Lo que estamos construyendo es el nuevo libro de Pablo López, nuestro querido Guachimán. Más munición para la batalla que estamos librando en defensa de este oficio, antes respetado y hoy vapuleado. En estos tiempo de educación-espectáculo, nada mejor que un texto magníficamente escrito, sin alharacas, directo a la raíz del problema, y aportando soluciones que, por supuesto, nadie tendrá en consideración. Enhorabuena a Pablo, muchas gracias por la dedicatoria y por incluir mis dos ensayos publicados hasta ahora como referencia bibliográfica, al lado de tan insignes francotiradores, y larga vida a Lo que estamos construyendo. Ah, el prólogo lo firma el amigo Ricardo Moreno Castillo, claro síntoma de que el ensayo no está en la línea del pedagogismo. 

lunes, 22 de enero de 2018

Congreso "Mentes brillantes", octava edición. Madrid. Abril de 2018


La semana pasada acepté, tras recibir el permiso del director de mi instituto, la invitación de Joaquin Zulategui para participar como ponente en la octava edición de un congreso "multidisciplinar" cuyo formato comprende veintiuna ponencias de veintiún minutos, y que se celebra anualmente en el Circo Price de Madrid los días 26 y 27 de abril, con el patrocinio de National Geographic. 

Es un honor honor de compartir "bloque" con el Dr Antonio Escohotado y el Profesor Gregorio Luri. También es una responsabilidad hablar antes o después de ellos, ante más de dos mil personas, en un evento que parece tener una gran repercusión mediática. Precisamente este hecho es el que me ha inspirado el enfoque que tengo pensado dar a mi intervención y que ya he comenzado a preparar, con calma, reflexionando bien qué quiero decir, cómo quiero decirlo y por qué. Estoy seguro de que será una buena experiencia.

A continuación, el vídeo promocional del congreso de 2017



viernes, 19 de enero de 2018

En "Informa Valencia"


En el diario digital "Informa Valencia" se hace referencia a algunas de mis observaciones sobre la necesidad de valorar el trabajo individual, algo que he sostenido en mis dos ensayos, Contra la nueva educación y La Sociedad Gaseosa. Me reconforta que se haya entendido bien (no siempre ocurre) que mi defensa del trabajo individual no supone un desprecio al trabajo cooperativo, sino un intento de conciliar ambas estrategias, siempre teniendo claro que la segunda no es posible sin la primera. En el texto:
El equilibrio es prácticamente imposible de alcanzar pero, como explica Alberto Royo, necesitamos acompasar las bondades del trabajo colaborativo y cooperativo con la importancia del esfuerzo personal, individual. La clave está en cambiar el ángulo de enfoque desde el que se afronta el estudio.
El artículo completo, aquí.

miércoles, 17 de enero de 2018

Telemática realidad. En El Mundo.


Internet ha pulverizado el tiempo. Desbocados, acelerados, con la información convertida en mercancía sumamente perecedera, estamos afectados de un doble mal: la fugacidad y la futilidad. La fugacidad impide detenernos, y sólo si nos detenemos podremos estudiar lo suficiente como para extraer, con criterio, lo verdadero de lo falso. Por su parte, la futilidad es consecuencia lógica de lo realizado con prisa y sin esfuerzo, a simple golpe de click. Mucho de lo que aparece en las redes sociales es puro humo que pronto se disipa porque no sirve, no construye, no crea y mejora. Sólo aquello que es verdaderamente útil resiste al paso del tiempo, permanece, de ahí que esta realidad vivida en instantes sea cada vez menos sólida y más gaseosa -ni siquiera ya líquida- como nos recuerda Alberto Royo en su último ensayo.

Así comienza la tribuna, publicada hace pocos días en El Mundo, de Alfonso Pinilla García, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura.

El artículo completo puede leerse aquí.

Referencia en "Las provincias".


No me habría imaginado citado en un artículo sobre fútbol. Ni siquiera estoy seguro de que la frase entrecomillada esté en La sociedad gaseosaEn cualquier caso, en el texto "Sufrida fe granota", encontramos una referencia a mi segundo ensayo, en relación con los niños aficionados al Levante:

Como escribía Alberto Royo sobre la educación actual en España en el libro 'La sociedad gaseosa', a los niños (y niñas, por supuesto) se les educa «en un mundo sin relatos donde los hombres deban tomar decisiones morales y sin cuentos donde haya malos que se comen a los niños (los únicos malvados serían los aficionados a los toros)».

El texto completo, aquí.

¿Somos o no somos "mayorinos"?


Gema Lendoiro me entrevistó para La razón hace poco a raíz de algunas noticias recientes. A continuación, la transcripción de la entrevista, que puede leerse aquí.

Siete veinteañeros deciden pasar el día en la montaña. En concreto en L´Angliru, un puerto de montaña del principado de Asturias. Acuden en un 4 x 4 con muchas ganas de pasar un buen día pero con poca previsión de quedarse atrapados en la nieve. Y es que, en la época dorada de toda la información que necesites a golpe de click (incluida la previsión del tiempo), a estos chicos les sorprendió la dureza de la montaña. Pero no solo les sorprendería eso, les pillaría totalmente desprevenido algo que ni imaginaban: una bronca por parte de un operador del 112.


Dicho operador, tras una tensa y breve conversación con uno de ellos y, ante la imposibilidad de subir a rescatarlos le soltó la frase que se ha hecho viral estos días: Ya somos mayorinos. Sin embargo el operario se equivocaba porque no, no somos mayorinos. Al menos no todos o no siempre.

Dicha frase, más propia de un padre que de un operario en ejercicio de su profesión, ha generado muchísima controversia y una división. Los que opinan que tiene toda la razón del mundo en haber dicho eso y los que piensan que, en primer lugar no debería haber dicho eso en su faceta de operario del 112 y en segundo, que los chicos no son responsables de que la nevada les pillara desprevenidos (no tenían tampoco ropa adecuada para salir de ahí caminando).

Alberto Royo es autor de los libros Contra la Nueva Educación y La sociedad gaseosa. En este último libro plantea, con mucho sentido común, cómo la sociedad actual ha dejado de ser sólida para pasar a ser gaseosa. Un ensayo que analiza cómo triunfan las personalidades que tienden a buscar desesperadamente lo inmediato, lo fácil y lo rápido sin trabajo, sin esfuerzo, sin plantearse las consecuencias que tiene ir por la vida sin una reflexión profunda. Una sociedad llena de personas acostumbradas al hedonismo y lograr el éxito efímero.

-Cae una gran nevada y miles de conductores se quedan atrapados en el coche a pesar de que se había avisado de que esto podía suceder. Muchos iban bien equipados pero la mayoría no llevaban cadenas por lo que interrumpieron la circulación de los que sí. Sin embargo la sociedad, al menos parte de ella y, por supuesto quienes están en la oposición, cargan contra el Estado. ¿Esto es un claro ejemplo de la infantilización de la sociedad?

-En primer lugar, es un ejemplo de cómo nuestros políticos, que no dejan de ser reflejo de los ciudadanos, son capaces, demasiado a menudo, de reprochar o respaldar una actuación según convenga (no hay más que acudir a las declaraciones que se han producido en situaciones similares, pero con diferente partido en el gobierno). Pero es también una muestra de que cada vez nos cuesta más asumir nuestras responsabilidades, tan acostumbrados como estamos a culpar de todo a los demás. Y esto, pienso, nos resta credibilidad a la hora de poder criticar, reprochar o reivindicar.

-Se ha hecho viral el vídeo de Ya somos mayorinos. ¿Qué le pareció?

-Me parece que al igual que hemos pasado de la sociedad líquida a la gaseosa, estamos pasando de la generación blandita a la generación tirana, que es la evolución natural de aquella y a nadie debería sorprender. Así que, como dice el refrán, habrá que arar con estos bueyes. Mientras tanto, propondría un reconocimiento público para la persona del 112 que atendió a esos chicos. ¿Quizás un premio “a su labor educativa”?

-Esto trasciende nuestras fronteras. H&M publica en su web una foto de un niño de raza negra con una sudadera que reza: “soy el mono más molón de la selva” y se lía tan fuerte que la empresa tiene que rectificar. La piel fina, lo políticamente correcto a la orden del día. ¿La sociedad no piensa en general?

-Este caso puede que sea distinto. No soy favorable a la censura. Me parece que el respeto a la libertad de expresión es algo fundamental. Pero también, ejerciendo la mía, tengo que decir que no me ha parecido afortunado que en la misma publicidad un niño negro sea considerado “el mono más molón de la jungla” y uno blanco “un superviviente”. De todas formas, me parece que la reacción ha sido excesiva, muy propia de estos tiempos de trending topic, y que probablemente se haya hecho un favor a la empresa, que ha conseguido mucha más publicidad. Por otra parte, queda claro que lo políticamente correcto está acelerando la derrota definitiva de la ética a favor de la estética.

-En general, ¿somos una sociedad mucho más débil que la que nos precedió en el tiempo? ¿Por qué?

-Sinceramente, creo que la sociedad ha mejorado en no pocos aspectos. Pero también percibo que la sobreprotección que muchos jóvenes reciben les perjudica porque les deja sin herramientas para afrontar la vida. Es un error mayúsculo evitarles los problemas porque lo que debemos hacer es enseñarles a abordarlos. Paradójicamente, en el momento en el que más preocupación parece haber por los hijos, más dificultades tienen para valerse por sí mismos.
-En su libro, la Sociedad Gaseosa habla muchísimo de esto, de una sociedad que se rige por el lema Me lo deben.

-Encuentro peligroso renunciar a las convicciones. Y encuentro peligroso dejar de pensar de manera libre y dejarnos influir por aquellos cuya opinión nos parece que va a ser mejor aceptada, tan peligroso como ser incapaz de modificar nuestros planteamientos si se nos convence con argumentos racionales. No sé si estamos en la sociedad del “Me lo deben”, pero desde luego no estamos en la sociedad del "Lo voy a conseguir por mérito propio”.

-Hablemos de responsabilidad. ¿Padres, profesores, sistema educativo?

Es una responsabilidad compartida, claro. Pero cada cual tiene que saber y querer asumir la parte que le corresponda. Y apostar por lo adecuado antes que por lo cómodo.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Entrevista en La Razón


Pocas personas existen hoy en día con tan pocos reparos a la hora de reconocer que el rey está desnudo. Alberto Royo (Zaragoza, 1973) es profesor de Instituto (de música) y autor de dos libros que han levantado todo tipo de ampollas entre los partidarios de las nuevas educaciones. Precisamente uno de ellos se llama Contra la nueva educación y es una llamada a reflexionar sobre lo débiles que están siendo los cimientos desde hace décadas a la hora de educar (padres y profesores) a los alumnos. Firme defensor del esfuerzo y la constancia, ni cree que la letra con sangre entra ni que haya que buscar la diversión y la felicidad a la hora de aprender a costa de todo. Como si se tratase de un profesor de la famosa serie televisiva Fama de los ochenta, su lema parece ser: saber cuesta esfuerzo. Sus entrevistas pisan muchos callos por cuanto tira mucho del sentido común. No considera posible que un alumno llegue a nada si no aprende a responsabilizarse, a esforzarse y a memorizar (otra de sus grandes batallas ideológicas).

Así comienza la entrevista que Gema Lendoiro me hizo para La Razón y que está publicada en la sección "Familia".

El texto completo, aquí.

sábado, 2 de diciembre de 2017

"Profesores", en Diario de Navarra

Mi artículo "Profesores", hoy , en Diario de Navarra.

Profesores

El diario El Mundo editorializaba hace unos días sobre los profesores. A mí, que se hable de nosotros me genera a veces desconfianza. Suelo acordarme del Agente Moxley, del FBI, que perseguía a Robert De Niro en la película “Huida a medianoche” y siempre preguntaba, receloso, cuando le traían noticias: “¿Me voy a cabrear?”. Y, en efecto, se cabreaba, porque siempre eran noticias desfavorables. No me tengo por agorero (es algo que un profesor no puede permitirse), pero sería de agradecer que los medios de comunicación, de cuando en cuando, reconocieran nuestro trabajo, capacidad y compromiso. El de los profesores “normales”, no el de las estrellas del espectáculo pospedagógico. El de los profesores que queremos hacer algo tan provocador como enseñar nuestra asignatura, sospechosos de mirar únicamente por nosotros y por aquello que enseñamos, cuando pocos trabajos hay  más volcados a los demás que el nuestro. Quisiera comentar algunas afirmaciones de este artículo titulado “El docente, eje del debate educativo”, comenzando por desmentir que lo seamos. Porque no lo somos, aunque debiéramos serlo. Ni los profesores que conozco, que no son pocos, ni yo, hemos sido consultados jamás de cara a ese pacto de Estado, seguramente porque estamos dando clase y eso nos invalida como “expertos educativos”, que, como todos ustedes saben, son aquellos que no dan clase.

Se decía también en el texto que los profesores nos enfrentamos a “situaciones incómodas” por la pérdida de “autoridad” y de “disciplina”. Pero no ayuda que algunos medios abanderen campañas “new-age”, concedan el mismo valor a la opinión informada que a la desinformada o publiciten pedagogías poco serias que menoscaban de facto nuestra autoridad profesional y que confunden disciplina con sumisión y autoridad con tiranía, cuando ni la autoridad ni la disciplina están reñidas con el inexcusable respeto al alumno, la deseable cercanía y la preocupación de todo buen docente por sus estudiantes.

Tampoco puedo compartir la idea de que los profesores nos sentimos insatisfechos por “tanto cambio legislativo”, pues no lo ha habido. Seguimos con la filosofía de la ley del mínimo esfuerzo, del igualitarismo a la baja, con el añadido del sometimiento a las leyes de la Utilidad y la Empleabilidad de unos, que se suman al Buenismo ingenuo y meramente estético de otros. La insatisfacción de los profesores no proviene de los cambios de leyes. Proviene de la incomprensión, de la exigua consideración social, del hecho de que en lugar de facilitársenos el trabajo, se nos pongan trabas, del poco tacto con que a menudo se nos trata.

Es cierto, como se recogía en el editorial, que algunas familias ponen en duda nuestros métodos didácticos (discusión absurda, pues la diversidad metodológica es tan amplia, no solo entre los profesores sino dentro de un mismo profesor, que recurre a estrategias muy distintas según los contenidos que va a impartir o las circunstancias y características de sus alumnos, que difícilmente las familias podrían conocer el método de cada uno de nosotros), y no menos absurda por el hecho de que quien entiende de este asunto es el profesional de la enseñanza y no el aficionado, el beneficiario o el interesado. Estoy igualmente de acuerdo en que el alumno es el principal responsable del éxito y del fracaso académico, y que ni se puede “culpar de sus malos resultados al profesor” ni restarle mérito por los buenos. Pero flaco favor nos hace el que, reconociendo esto, carga contra el profesor por su supuesta carencia de formación didáctica. Precisamente el excesivo énfasis en lo procedimental ha sido uno de los errores más graves que se han cometido en la enseñanza. No necesitamos más didáctica porque la didáctica se encuentra en nuestra propia práctica docente y no es otra cosa que la manera en que enseñamos. Y que esta didáctica sea más o menos eficaz depende de nuestro dominio de la materia, de nuestras ganas de enseñar, de nuestra experiencia en el aula, de las condiciones de trabajo de que dispongamos y del interés y capacidad de nuestros estudiantes.

Si, como alguien dijo, “educa toda la tribu”, tratemos de ir todos en la misma dirección. Si se quiere saber qué ocurre en las aulas, qué problemas tenemos, cómo se podrían solucionar, pregúntesenos a los expertos de verdad, a los que día a día nos batimos el cobre intentando enseñar a nuestros alumnos adolescentes, sin perder el ánimo, procurando despertar su interés y adaptarnos a sus escasos hábitos, que dificultan ya lo bastante nuestra labor como para tener que contrarrestar también un ambiente social en el que el mérito no es valorado y se tiende siempre al facilismo. Por mucho que hablemos de sociedad del conocimiento, lo que de verdad se echa en falta es una cultura del conocimiento, la admiración a quien sabe más porque fijarnos en él o en ella es el mejor estímulo que podemos encontrar para mejorar. Y urge propiciar con decisión las condiciones adecuadas para que esa transmisión de conocimiento (en su más amplia extensión, englobando los contenidos, procedimientos, hábitos y valores contenidos en el propio conocimiento) que ha de proporcionar la escuela para amparar la igualdad de oportunidades, se produzca con unas mínimas garantías. Prestígiennos. Los profesores de a pie no pedimos premios ni ovaciones. Solo queremos que se cuente con naturalidad y consideración lo que hacemos y la importancia de lo que hacemos.

Alberto Royo es guitarrista clásico, musicólogo, escritor y profesor en el IES Tierra Estella.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El eje del mal



Hoy, el diario El Mundo editorializa sobre los profesores. “¡Bien!”, dirán algunos. ¡”Qué importante es que se hable de los docentes en los medios!”, exclamarán otros. A mí, sin embargo, que se hable de nosotros siempre me genera suspicacias. En estas situaciones, suelo acordarme del Agente del FBI Alonzo Moxley, que perseguía a Robert De Niro y Charles Grodin en la película “Huida a medianoche”, aquel que siempre preguntaba, receloso, cuando le traían noticias: “¿Me voy a cabrear?”. Y, en efecto, se cabreaba, porque siempre eran noticias desastrosas. No me tengo por agorero, pero la verdad es que son pocas las ocasiones en las que un medio de comunicación ensalza nuestro trabajo, nuestra capacidad o nuestro compromiso (hablo reconocer la labor de profesores “normales”, no de ensalzar y aplaudir a mediáticos y estrellas del espectáculo pospedagógico). Lo habitual es que, cuando se hace referencia a los profesores “normales”, sea para colocarnos en el “eje del mal”, como han hecho Bush o Trump. En esta batalla artificial entre el Bien y el Mal, nosotros, los profesores que queremos hacer algo tan provocador como enseñar con rigor nuestra asignatura, somos los malos, siempre sospechosos de no cumplir, de mirar únicamente por nosotros, cuando pocos trabajos más volcados a los demás hay que el nuestro. En el artículo mencionado, titulado “El docente, eje del debate educativo”, se cometen algunas “imprecisiones” que, como protagonista diario de ese “eje” del que hablan, me gustaría aclarar.

1ª. No hay que olvidar que los profesores son el eje en torno al cual giran los debates del pacto de Estado por la Educación que negocian los principales partidos políticos en el Congreso.

Si no fuera porque no tiene maldita la gracia, uno se carcajearía al leer algo así. La verdad es que ni los profesores que conozco, que no son pocos, ni yo, hemos sido consultados jamás de cara a ese pacto de Estado por la Educación, seguramente porque estamos dando clase y eso nos invalida como “expertos educativos”, que, como todos ustedes saben, son aquellos que no dan clase.

2ª. Es cierto que muchos profesores han de enfrentarse a incómodas situaciones en sus centros, debido, en primer lugar, a la pérdida de autoridad en las aulas, en las que resulta casi imposible imponer una mínima disciplina.

Seré generoso y aceptaré “incómodas situaciones” como eufemismo, pero sería más exacto decir que muchos profesores NO PUEDEN TRABAJAR. ¿Demasiado crudo, negativo, catastrofista? Quizás, pero si un profesor no puede impartir clase, es que no puede desarrollar su trabajo. Claro que se ha perdido autoridad y claro que falta disciplina, pero no ayuda que los medios de comunicación abanderen demasiado a menudo campañas new-age, concedan el mismo valor a la opinión informada que a la desinformada o publiciten pedagogías poco serias que menoscaban de facto la autoridad docente y que confunden disciplina con sumisión y autoridad con tiranía.

El continuo cambio legislativo, además, aumenta su insatisfacción.

No es cierto que haya habido tanto cambio legislativo. Seguimos con la filosofía de la ley del mínimo esfuerzo, del igualitarismo a la baja, con el añadido del sometimiento a las leyes de la Utilidad y la Empleabilidad Ultraliberales, que se suman al Buenismo progre-rancio. La insatisfacción de los profesores no proviene de los cambios de ley: proviene de la incomprensión y de la falta de consideración social, del hecho de que en lugar de facilitársenos el trabajo, se nos pongan trabas, del poco tacto, del poco respeto con que se nos trata.

4ª.La actitud de muchos padres, cuestionando los métodos didácticos y culpando exclusivamente a los docentes de los malos resultados de sus hijos, contribuye a crear una imagen de desprestigio profesional. (…) Tal y como algunos especialistas han apuntado, es necesario revisar la selección y la forma de acceso del profesorado. En este caso, la implantación de un MIR educativo permitiría, como ocurre en otras profesiones, formar durante años a los candidatos, previamente seleccionados mediante oposición.También están en cuestión los planes de estudios de los que aspiran a ser maestros y profesores, cuyos contenidos tendrían que actualizarse y ampliarse, para reforzar la formación del profesorado. Una formación, que no debería abandonarse a lo largo de la carrera profesional de los docentes.

Es cierto que algunas familias ponen en duda los métodos didácticos que empleamos los profesores (discusión absurda, pues la diversidad metodológica es tan amplia, no solo entre los profesores sino dentro de un mismo profesor, que recurre a estrategias muy distintas según los contenidos que va a impartir o las circunstancias y características de sus alumnos, que difícilmente las familias podrían conocer el método de cada uno de nosotros), y no menos absurda por el hecho, controvertido en esta sociedad gaseosa, de que quien entiende de este asunto es el profesional de la enseñanza y no el aficionado, el beneficiario, el interesado o el "enterado". También lo es (cierto) que el alumno es el principal responsable del éxito y del fracaso académico, y que ni se puede culpar de sus malos resultados al profesor, ni restarle mérito por los buenos. Pero flaco favor nos hace el que reconoce esto y, al mismo tiempo, vuelve a cargar contra el profesor y su supuesta falta de formación, mezclado además formación y sistema de acceso, que no son lo mismo. Sobre el sistema de acceso, podríamos hablar mucho, pero no es el momento. Sobre la formación, intuyendo por dónde irán los tiros, precisamente el énfasis en lo procedimental  ha sido uno de los errores más graves que se han cometido, luego, si es parte del problema, no puede ser la solución. Sencillamente, el profesor no necesita más didáctica porque la didáctica se encuentra en la propia práctica docente y no es otra cosa que la manera en que este enseña. Y que esta didáctica sea más o menos eficaz depende directamente del dominio de la materia de la que el profesor es especialista, de su experiencia en el aula, de su personalidad, de su compromiso, de las condiciones laborales de que disponga y del interés y capacidad de sus estudiantes. En cuanto la formación, estamos de acuerdo en que un docente siempre ha de estar aprendiendo. Sería bueno que las administraciones educativas nos permitieran hacerlo, en lugar de ofertarnos, por lo general, cursos pseudocientíficos y estrafalarios. A ellas habrá pues que reclamar, y no a nosotros.

5ª. Coincide también la comunidad educativa en que ha de incentivarse a los profesores y a los centros que mejores resultados obtengan (…) Los docentes que mejor lo hacen deben cobrar más que los que no están interesados en progresar.

¿Y exactamente qué miembros de la “comunidad educativa” consideran que hay que pagar a unos profesores que a otros? ¿Padres, madres, conserjes, administrativos, alumnos…? ¿En base a qué criterios, si puede saberse? ¿Qué “objetivos” nos van a marcar a los profesores? ¿Porcentaje de aprobados? Recuerdo que esto si hizo ya en Andalucía, que no parece haber mejorado mucho. La idea se bautizó como “orden de soborno”. ¿Cuál ha de ser mi objetivo como profesor? ¿Debo conseguir muchos aprobados, muchos notables, pocos suspensos…? ¿O debo conseguir que mis alumnos aprendan? ¿Hay que vincular “buen trabajo” y “buenos resultados”? ¿Cómo? ¿Y quién decidirá que trabajo bien? ¿Algún experto-inexperto? ¿La APYMA del centro? ¿2ºC? ¿Luis Garicano?

Por favor, hablen menos de nosotros y ayúdennos más. O por lo menos, no nos perjudiquen. Y si no son capaces de opinar con seriedad y conocimiento de causa sobre un asunto tan esencial como la educación, pregúntennos a los profesionales, a los expertos de verdad, a los que cada día, de lunes a viernes, nos batimos el cobre intentando enseñar a nuestros alumnos adolescentes, cuyo desinterés y falta de hábitos generalizados dificultan ya bastante nuestra labor como para tener que contrarrestar también un ambiente social en el que el mérito no es valorado y se tiende en todo momento al facilismo. Por mucho que hablemos de sociedad del conocimiento, lo que de verdad se echa en falta es una cultura del conocimiento. No hay respeto al que sabe ni al saber. Y no se dan (ni se quieren propiciar, por lo visto) las condiciones adecuadas para que la transmisión de conocimiento (en su más amplia extensión, englobando los contenidos, procedimientos, hábitos y valores contenidos en el propio conocimiento) que ha de garantizar la escuela, se produzca con unas mínimas garantías. Prestígiennos. No pedimos premios ni ovaciones. Solo queremos que cuenten con naturalidad y una poca consideración lo que hacemos y la importancia de lo que hacemos.

martes, 21 de noviembre de 2017

"La sociedad gaseada". Javier Orrico reseña "Contra la nueva educación" y "La sociedad gaseosa"


Es un honor que Javier Orrico, uno de los grandes adalides de la lucha por una verdadera instrucción pública, haya reseñado mis dos ensayos.

Desde aquí, mi agradecimiento a Javier por haber leído y comentado estos libros en los que tantas energías he volcado. Que personas como él respalden lo que uno defiende es, sin duda, motivo más que suficiente para continuar en la lucha.  Dice Javier Orrico:

Alberto Royo, profesor de instituto –antiguo y nobilísimo oficio, hoy en extinción- de Música y reconocido concertista de guitarra, publicó en 2016 su libro “Contra la nueva educación” , que tuvo una excelente acogida y dio lugar a un segundo, “La sociedad gaseosa” , en el que sitúa el desastre educativo de los últimos treinta años en el contexto de liquidación de “todo lo que era sólido” (Antonio Muñoz Molina) que nos había traído la posmodernidad.

¿Qué era esa nueva educación a la que se enfrentaba Royo, harto del despliegue de santurronería e ignorancia por el que se deslizaban sin remedio los medios de comunicación, las administraciones y los políticos ansiosos de hacerse fotos (excusen la redundancia) con los nuevos gurús pedagócratas?

Esencialmente, una promesa de felicidad. Y ante eso, Royo, y con él, todos los que alguna vez creyeron en el poder de la instrucción y la cultura, y en el esfuerzo virtuoso para alcanzarlos (es decir, todos los que acaso dudaban del contenido problemático de la felicidad, pero sí sabían del contento profundo de un hombre que se ha hecho mejor a sí mismo gracias al estudio), se convirtieron, nos convertimos, en cadáveres, muertos en vida, eso que ahora, no por casualidad, la era del vacío ha puesto tan de moda: los zombies.

La razón de Alberto, la defensa de la satisfacción pospuesta que da lograr, gracias al sacrificio y al trabajo, el dominio de una disciplina, no podrá competir jamás con los nuevos maestros de primaria salidos de las facultades de Felicidad Inmediata -cuyas ideas ya han conquistado también los institutos de enseñanzas medias, y hasta la universidad-, como César Bona, el autor de “La nueva educación”, que es el actual texto sagrado de la eternamente renacida, y ya más que antigua, renovación pedagógica. Más incluso: he escrito “la razón” de Alberto, y ese es otro camino cegado, pues ya no es la razón la que ha de imperar en las aulas, sino la emoción.

En efecto, el fin de la enseñanza (que por eso ya no se llama así, sino educación) no es hoy la instrucción y la aplicación de la razón al conocimiento de las humanidades y las ciencias. Ya no se trata, pues, de transmitir nuestra cultura, miles de años de conocimientos acumulados en la lucha por entender el mundo y entendernos en él, sino de educar las emociones para que conduzcan al niño y al joven a un estado de beatitud que le permita discurrir por la vida sabiendo hacer cosas, pero sin preguntarse por ellas, competente y feliz.

Así estarán dispuestos para vivir en un mundo sin contradicciones, sin adversidad, sin dolor, sin crueldad, sin cuentos donde haya malos que se comen a los niños (los únicos malvados serán los aficionados a los Toros), ni relatos donde los hombres deban tomar decisiones morales. Un mundo donde nadie se hará preguntas ni se dedicará a actividades inútiles como la poesía, la música o la física teórica. Un mundo donde todo será aplicable, práctico, productivo, útil. Un mundo donde todos tendrán enormes talentos naturales que no habrán tenido que cultivar. El regreso de Adán al nuevo Paraíso bajo la plena protección de la APP de Dios.

Por supuesto, nadie les habrá contrariado nunca; nadie los habrá fortalecido ni entrenado ni preparado para enfrentarse al dolor o la crueldad de la vida. Ya no habrá profesores. Ya no puede haber, ya no hay: sólo acompañantes emocionales, mediadores hacia un conocimiento que el alumno construye solo, protagonista único de su propio aprendizaje. Así hablan en la nueva educación. Hay colegios de infantil donde a los niños los llevan con sus pijamas, batas y zapatillas para que no noten el cambio de su casa a la escuela.

Nadie tampoco les dirá ya nunca que si no practican la guitarra durante horas, la guitarra no suena. Se trata de que no aspiren nunca más a morder la manzana. A conocer. De que permanezcan para siempre en el estado de naturaleza del que nunca debieron apartarse. De que jamás vuelvan a soñar con la emancipación.

Y para ello, los nuevos ángeles a los que Alberto se enfrenta en estos libros en singular combate, los predicadores de la nueva educación emocional y en valores, los youtuber y los influencer y los bilingual y los psicopedas adaptadores y los comisarios lingüísticos y los políticamente correctos y los policías al servicio de la nueva diversidad y los ludotontos y los ticnólogos y los didactas y los inspectores estandaristas y los políticos ineptos, en fin, todos los charlatanes del nuevo Paradiso, regido finalmente por una ingente Burocracia Iluminada, les alimentarán cada día a través de las pantallas con sus constantes innovaciones, destinadas a mantenerlos en el aletargamiento feliz. Sin responsabilidad. Sin culpa.

Eso es lo que Royo ha nombrado como la sociedad gaseosa. En la línea de Bauman y su “modernidad líquida”, y del ya citado Muñoz Molina, nos pone con sus dos libros delante de un dilema, que, sin embargo, me parece sólo aparente: ¿Es la “nueva educación” el lógico correlato de la sociedad que hemos creado o es la “nueva educación” la que la está creando? No me cabe duda de que el crecimiento de los populismos en España, el nacionalismo el primero, se han originado sobre el vacío de una enseñanza que ya no enseña. ¿Cómo podría nadie, conociendo su historia, sumarse a la repetición de los horrores del siglo XX?

Es ahí, sobre el gas letal de la falta de toda referencia verdadera, donde han crecido los profetas que vienen a ofrecer las religiones sustitutas. Las que han dejado sin defensas a buena parte de nuestra juventud y, sobre todo, han extirpado la jerarquía de la verdad sobre la mentira, del saber sobre la ignorancia, de los hechos sobre las emociones, abriendo las puertas en plenitud a la manipulación y a esta nueva sociedad gaseosa y gaseada (y ga-sedada), donde los gaseadores, los charlatanes de la felicidad, como siempre, verán crecer sus rentas mientras trabajan para que las masas nunca dejen de serlo.